domingo, 1 de noviembre de 2009

Desafio (EE.UU. 2008)

Este episodio poco difundido de la Segunda Guerra Mundial y revelado hace apenas quince años por una socióloga norteamericana merecía ser contado. Es la historia de los hermanos Bielski, partisanos que lideraron una comunidad de refugiados judíos escondida en los bosques bielorrusos durante la Segunda Guerra Mundial y salvaron 1200 vidas. El director Edward Zwick ( Diamantes de sangre, El último samurai ) tiene el oficio suficiente para traducir en imágenes estos hechos -el duro combate por la supervivencia, pródigo en situaciones dramáticas y escenas de acción- pero carece del vuelo y la agudeza para explotar algunos de los aspectos más interesantes del cuento.

Esta es una historia de judíos que empuñan las armas en defensa de su libertad y como tal descarta la dramatización de la pasividad hebrea tan habitual en el cine sobre el Holocausto, pero Zwick no se detiene en sutilezas ni para hacer diferencias entre pasividad e impotencia ni para ahondar en el conflicto que enfrenta a los dos hermanos mayores: el sereno Tuvia (Daniel Craig), que se impone el deber de velar por la seguridad de sus protegidos, y el exaltado Zus (Lieb Schreiber), que es hombre de acción y quiere destruir al enemigo.
Asesinados sus padres por los nazis y buscados tanto por éstos como por los aliados locales del invasor, los cuatro Bielski sobrevivientes -además de los nombrados, el adolescente Asael (Jamie Bell) y el pequeño Aron (George MacKay)- hallaron refugio en el bosque, territorio que conocían palmo a palmo y desde donde podían lanzar sus arriesgadas acciones guerrilleras. Pronto comprobaron que no eran los únicos escondidos allí: familiares y conocidos primero, más tarde residentes de poblaciones de la zona fueron sumándose hasta componer una comunidad errante acosada por la persecución, el frío, el hambre y la enfermedad y refugiada en precarios campamentos que debían desmantelar cada vez que se aproximaba la amenaza nazi. La frondosa anécdota encuentra en el guión una traducción convencional, con sus clímax reiterados dignos de una miniserie. Abundan la frases resonantes -"Nuestra venganza es vivir", "Cada día de libertad es como un acto de fe"-; los estereotipos (el maestro que habla de Descartes; el intelectual de anteojos que no sabe cómo se emplea un martillo) y las simplificaciones, y por si la identificación de la epopeya con el Exodo y la figura del Moisés con la de Tuvia no quedara clara, hay un rabino que le confiesa: "Casi perdí mi fe, pero Dios te mandó para salvarnos".

Si la tensión del conflicto entre los dos hermanos (Zus se une a las tropas rusas que admiran su espíritu de lucha, pero lo abandonan cuando espera su solidaridad) apuntala la narración durante buena parte del metraje, se debe sobre todo a la vibrante personificación que Lieb Schreiber hace del sanguíneo Zus. Daniel Craig, en cambio, sólo aporta su presencia. A favor del film hay que reconocer que las largas dos horas de proyección se sobrellevan sin demasiado esfuerzo.

Critica de Fernando López para Diario La Nación.

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