domingo, 25 de octubre de 2009

Aliento (Corea del Sur - 2007)

Kim Ki-duk concibe el cine como una mezcla de tensión, crisis, paz, ironía y destrucción: todo a la vez. La tirantez se percibe detrás de la quietud de su obra de pocas palabras, lenta y contemplativa, en la que los temas (el amor, la muerte, los celos, la traición, el perdón) se repiten como se repite el ciclo de las estaciones -siempre las mismas, siempre distintas-, para señalar la marcha de la vida. Si el lenguaje visual del director coreano llena la pantalla con la poderosa sugestión de sus imágenes y esa belleza es lo que en principio asombra y cautiva al espectador, también hay que admitir que sus películas resultan siempre intrigantes, aunque propongan historias improbables y personajes como mínimo curiosos. Y aunque, como sucede últimamente, establezcan con sus films anteriores un diálogo sólo apreciable por los conocedores de su obra. Aliento será, seguramente, bien recibida por éstos; los demás, aun cuando disfruten de su seducción visual, podrán encontrarla, por lo menos, artificiosa.
El encuentro es, en este caso, entre una mujer joven en plena crisis matrimonial (acaba de descubrir que su marido la engaña) y un condenado que espera el día de su ejecución. Los dos, por motivos distintos, están cerca de la asfixia. Cuando ve en televisión que el hombre ha tratado de suicidarse, ella decide visitarlo, quizá sólo para aliviar la pena del que va a morir, quizá para castigar al marido o llevar la crisis al extremo en una tentativa de recuperar la armonía conyugal. Las visitas, que avivan al mismo tiempo los celos del marido y de un compañero de celda homosexual, se vuelven frecuentes y son rigurosamente vigiladas por la cámara del jefe del presidio: es el propio Kim Ki-duk, cual director que desde lo alto mueve los hilos de la tragedia.
Con las visitas llega la ilusión de las estaciones que pasan y convierten el gris locutorio en un karaoke colorido y kitsch , tan inesperado para el prisionero como para el espectador. El amor, aun imposible, puede crecer en el acotado espacio de una celda al calor de las imágenes con que ella disfraza la realidad para devolverle al condenado el oxígeno de la vida. Al fin, todos parecen en este mundo vivir aprisionados: la casa de Yeon tiene casi menos ventanas que el presidio.
Kim Ki-duk sabe cómo expresar tensiones y estados de ánimo a través de las imágenes. El drama se traduce en términos visuales asimilando la grisura del departamento a la oscuridad de la cárcel, esa inerte normalidad que se quiebra con los colores de las fotos de la naturaleza pegadas en las paredes y que se torna penumbra en la resignación del reo y blancura de nieve en el retrato de la pacificación familiar. Las palabras escasean, quizá porque poco tienen que agregar a lo que sugieren las imágenes. Incluidas las del ardor de la pasión, que debe llegar inexorablemente a tiempo para que el filón romántico del coreano, como siempre dado a cargar su cine de símbolos, tenga su remate poético.
Esta fábula algo teatral en su estructura y distante en su mudo hieratismo alcanza sin embargo algunos momentos de vibrante pasión gracias al compromiso de sus actores y en especial a la doliente máscara de la expresiva Zia.

De: Fernando López Para: Diario "La Nación"

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