Esta película no sería lo que es –una maravilla–, sin una actriz fuera de serie como Kristin Scott Thomas. Muchos la recuerdan por “El paciente ingles”, pero lleva mucho trabajando en cualquier registro, siempre impecable. Acá es Juliette, que regresa de un oscuro pasado. Ha pasado 15 años en prisión, purgando una condena por asesinato. La descubrimos cuando, mujer de pocas palabras, fuma y aguarda que venga a buscarla su hermana, en el aeropuerto. Lea, la hermana menor, tras ese reencuentro incómodo la aloja en su casa de Nancy. Lea, casada, con dos hijas adoptivas, trata de que esa hermana que para ella es una extraña, se sienta a gusto, pero cuesta. Luc, el marido de Lea, la recibe con reparos, reprimiendo apenas las ganas de que se vaya a otro lado. Juliette no ayuda mucho con su parquedad. Es amable, distante y apenas cariñosa con una de sus sobrinas, a quien enseña a tocar el piano. La crisis se agrava cuando entran en escena otros personajes, parientes de Luc. Juliette ha pasado 15 años en una celda sin que nadie la visite. Philippe Claudel, guionista y director de extrema delicadeza, se reserva la revelación (que presentimos) para el final. El film es una obra de cámara sin disonancias, con una serie de datos sutiles y el estallido que acaso todos anhelaban, poco antes del cierre. Casi sin maquillaje, con sublime economía de palabras y de gestos, Scott Thomas ofrece una formidable clase de actuación frente a una cámara. Cada plano de ese rostro es una sorpresa. Para aplaudirla de pie. No dejarla pasar.Por: JORGE CARNEVALE Para: Revista Noticias.
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